El peso es una decisión

Empecé a usar Adobe en 2006 y lo dejé en 2020. Catorce años. Y hay una sensación que me acompañó todo ese tiempo: cada vez que salía una versión nueva, mi computadora envejecía de golpe. La máquina era la misma, el trabajo era el mismo, pero el programa pedía más. Más memoria, más procesador, más fierro. Y yo, que en ese momento no entendía nada de código, asumía que el software nuevo necesita hardware nuevo, que es el precio de estar actualizado.
Hoy, que entiendo un poco de cómo funcionan las cosas por dentro, sé que buena parte de ese precio no era técnico. Era una decisión.
Lo que pesa no es lo nuevo, es lo que no se suelta
Hace décadas, Niklaus Wirth lo dijo así: 'el software se vuelve lento más rápido de lo que el hardware se vuelve rápido'. Lo que no dice esa ley es quién paga la diferencia. La paga el usuario. Cuando una empresa decide que su programa necesita más memoria, el costo no lo absorbe cada persona que tiene que cambiar la máquina. Es una externalidad, como el humo de una fábrica.
Parte de ese peso es memoria legítima: formatos de hace veinte años que tienen que seguir abriendo, plugins de terceros, casos raros que si lo tocás se rompe todo. Pero otra parte es pura acumulación. En una empresa grande nadie gana un ascenso por borrar código: te premian por la feature nueva que se muestra en la presentación anual, no por los 400 MB que dejaste de cargar al abrir el programa. Y la suscripción necesita justificarse cada año con algo agregado, nunca con algo quitado.
En Argentina esto pesa el doble. Una computadora nueva cuesta meses de trabajo. Hacer software liviano acá no es una cuestión estética: es una cuestión de acceso.
Dos maneras de no ser Adobe
Me pasé a Affinity en 2020, porque recién ahí apareció algo suficientemente bueno para irme. Serif había hecho exactamente lo que yo necesitaba: programas livianos, licencia única, sin suscripción. Y una idea brillante en la versión 2, StudioLink: desde Designer podías pasar a modo mapa de bits sin abrir otro programa. No más programas: modos dentro del mismo espacio de trabajo. Esa versión sigue funcionando perfecto hasta hoy. Un programa que no te obliga a actualizar para seguir trabajando es una forma de respeto que la industria ya casi olvidó.
Después Serif se vendió a Canva, y el nuevo Affinity, ahora gratuito, con lo pago atado a la inteligencia artificial y a la suscripción, pasó de 1,9 a 3,5 GB. Es cierto que el de 1,9 era un solo programa y el de 3,5 son los tres juntos. Pero la versión 2 ya había resuelto eso de una forma más inteligente. Unificar debería pesar menos, no casi el doble. La interfaz es más linda y más lenta; el enfoque se perdió en el camino.
Serif le daba herramientas muy afiladas a profesionales. Canva le da tijeras de kindergarten a todos.
Y ahora aparece otra cosa. Un proyecto open source llamado ArtCraft está reconstruyendo el paquete de Adobe desde cero en Rust. Su versión de Photoshop, photocraft, se presenta en GitHub como una reimplementación clean-room: estudiaron Photoshop, dicen, 'solo por su comportamiento y su aspecto', sin tocar una línea de su código. Ya tiene más de 40 mil estrellas. Lo más revelador está en su archivo AGENTS.md: es un manual escrito para agentes de inteligencia artificial, con instrucciones para que varios trabajen en paralelo y dejen registro de lo hecho por si la sesión se corta. Copiar funciones ya es barato. Lo que no se copia es el criterio: cómo se siente usar una herramienta.
Lo que aprendí limpiando mi propia herramienta
Hace un tiempo construí Folder, una plataforma para que artistas ordenen, muestren y vendan su trabajo. Esta semana me senté a limpiarla por dentro, con ayuda de IA para leer quince mil líneas de código y encontrar lo que sobraba. Descubrí algo que no esperaba: la lentitud no estaba donde se veía.
El código bajó apenas un 9 %: de 18.419 líneas a 16.802. Lo que cambió la experiencia fueron dos cosas invisibles.
La primera: una sola línea en un archivo de configuración abría una sesión en cada pedido al servidor, también en cada imagen. El servidor bloquea la sesión mientras atiende, así que las fotos de una grilla se servían en fila, de a una, esperando su turno. Treinta y seis fotos, treinta y seis turnos.
La segunda: la grilla cargaba la imagen completa, de 1350 píxeles, para mostrar un cuadradito. Ahora cada foto tiene una miniatura liviana, y la completa queda para cuando la abrís en la galería.
En el archivo de una artista con más de mil obras, lo que pide la grilla pasó de 220 MB a 58 MB. Una pantalla de 36 fotos pesa hoy 1,38 MB (antes, unos 7,7 MB) y carga en paralelo, en menos de 300 milisegundos. Antes, con las fotos en fila, eran alrededor de 9 segundos.
Mejorar fue borrar
La otra mitad del trabajo no fue optimizar: fue sacar. Folder tenía un modo demo que era, en realidad, un segundo servidor escrito entero en JavaScript: unas 780 líneas que reimplementaban en el navegador lo que ya hacía el servidor. Y estaba roto: le faltaba la mitad de las funciones, porque cada vez que algo cambiaba en un lado, había que acordarse de copiarlo en el otro. Borrarlo mejoró la app más que agregarle cualquier cosa. También borré un botón que nadie veía, un modo de funcionamiento que ya no se usaba, nueve reglas idénticas repartidas por el código que quedaron en una, y tres versiones del mismo botón de compartir que quedaron en una sola. Todo ese desastre lo había hecho yo, es lo que pasa cuando construís algo de cero y empieza a crecer.
Nietzsche decía que sin capacidad de olvido activo no hay vida posible. Las grandes empresas no pueden olvidar: cada línea vieja tiene alguien que la defiende. Yo puedo, porque Folder es mío y no tengo un comité.
Sobre la IA: me ayudó a ver mucho más rápido. Leyó todo el código en minutos y encontró lo repetido, lo muerto, el bloqueo de sesión. Pero las decisiones de qué queda y qué se va fueron mías, y cada mejora la verifiqué midiendo: en la terminal del servidor, en las herramientas del navegador. La IA acelera el ver. El criterio es humano.
Mismo feature, distinta intención
Hay una comparación que lo resume todo mejor que cualquier número. Folder tiene una herramienta de color: elegís un color en una rueda, elegís una armonía y te devuelve una paleta. Adobe tiene una herramienta casi idéntica.
En Folder es un modal: la rueda, el código del color, una cámara para tomar el color de una foto, y la paleta con un botón para copiar cada tono. Nada más. En Adobe, alrededor de la misma rueda hay un botón de iniciar sesión, cinco íconos por cada color, un banner, un tutorial, siete preguntas frecuentes, un "Empieza gratis" y el pie con cookies y privacidad. La rueda es la carnada; la página existe para llevarte a la suscripción.
No es que no sepan hacerlo simple. Es que cada elemento de esa página trabaja para la empresa, y cada elemento del modal de Folder trabaja para quien lo usa. Un detalle más: en Folder la rueda la dibuja el servidor y la paleta se calcula ahí. Al teléfono solo le llega el resultado. Por eso anda igual en un celular viejo que en uno nuevo.
Simple no es fácil
PHP tiene mala fama. Pero bien usado hace algo que hoy parece revolucionario: el trabajo pesado lo hace el servidor, y al usuario le llega una página lista. Un cliente mío usa Windows 7, y Folder le funciona. Koder, el editor que me hice para trabajar el código desde el navegador, lo uso desde un iPad viejo. Y no es una rareza mía: en la keynote de apertura de Rails World 2026, en Austin: DHH contó que según sus cálculos el pico de tráfico de HEY, su servicio de email, 'probablemente podría servirse desde una sola Raspberry Pi'. Una computadora del tamaño de una tarjeta de crédito.
Rich Hickey tiene una distinción muy clara: 'simple no es lo mismo que fácil. Fácil es lo que tenés a mano, lo conocido. Simple es lo que tiene pocas partes y poco enredo'. Llenar el navegador del usuario de JavaScript es fácil para una empresa; no es simple. Y el precio de lo fácil lo pagás vos, en batería y en una máquina que se siente lenta.
Lo que no debería pesar
Folder no inventó nada. Son carpetas que contienen carpetas, que contienen archivos: la estructura más vieja y legible que existe. Lo que ofrece es orden. Y tiene un botón que muchas plataformas esconden: Descargar. Te llevás todo tu archivo, ordenado como lo dejaste, en formatos que no le pertenecen a nadie: las imágenes optimizadas, los textos en PDF, los links en texto plano. El software pesado te retiene con el formato. El liviano te deja la puerta abierta. Y es curioso: la gente se queda más tranquila en el lugar del que puede irse cuando quiera.
Esa es mi regla para que Folder nunca se vuelva Adobe: nada puede existir adentro de Folder de una forma que no sobreviva a la descarga.
Saint-Exupéry escribió que 'la perfección no se alcanza cuando no queda nada por agregar, sino cuando no queda nada por sacar'. Mejor no es más complejo. Mejor es más simple, más rápido, con menos vueltas, más orden. Buenas decisiones antes que features nuevas. No necesitamos máquinas nuevas: necesitamos mejores programas que respeten el fierro que ya tenemos.